Gente Yoga

Candelaria Rosales

 

¡Hola! Mi nombre es Candelaria Rosales, tengo 29 años y soy profesora de inglés. Llevo practicando yoga Iyengar con Laura Cao desde hace tres años y medio ¡y parece que fue ayer cuando empecé!

Comencé a practicar yoga por diversos motivos. Por un lado, era consciente de que debía hacer deporte en mi tiempo libre y, por otro lado, buscaba apoyo para sobrellevar una etapa complicada. El hecho de que el centro estuviera cerca de casa también ayudó (todo hay que decirlo). Si bien nunca he sido una persona deportista, he de reconocer que en esta práctica he encontrado mi lugar.

El yoga exige la concentración y la disciplina suficiente que permite desconectar de la rutina. No solo ejercita el cuerpo de forma consciente, sino que también mejora y equilibra las emociones. Además, te permite conocer tus límites, para luego superarlos. En definitiva, siempre suma, nunca resta y eso es algo que no tiene precio.

 

 

 

Emilio Páez Lorenzo

Mency Hernández

 

Antonio Sánchez

Descubrí el yoga cuando estaba pasando por una etapa de estrés laboral. Soy profesor de enseñanza secundaria. Varios amigos me lo recomendaron. Inmediatamente me enganchó y empecé a notar resultados, tanto a nivel físico como mental. Estaba acostumbrado a levantarme por la mañana y sentir las molestias en las rodillas y espalda, sobre todo, tras haber entrenado a tenis. Desaparecieron. A su vez, me notaba más tranquilo e incluso jugando al tenis, tenía las ideas más claras y no sentía ansiedad en los puntos importantes. A menudo salía de las clases y tenía que reajustar el espejo retrovisor del coche porque mi cuerpo "había crecido" durante la práctica. Mi higiene postural mejoró. Cuando hablaba con otra persona estando de pie, inconscientemente reajustaba mi cuerpo ¡Gracias tāḍāsana! Incluso cambió mi manera de caminar, ahora lo hacía erguido y con otra porte. Los amigos me veían mucho más sereno y a menudo me comentaban que transmitía tranquilidad.

Tras esta fase inicial en que me tomaba el yoga como meros estiramientos musculares y como un deporte, empecé a descubrir la importancia de la respiración (prāṇāyāma) y la focalización. Cada vez más me "metía y estaba" en el āsana, viviéndola intensamente y disfrutando de la misma. Esto me costó bastante, ya que mi atención se distraía fácilmente y mi energía mental se disipaba. En tenis, y en cualquier aspecto de mi vida, ante una situación de tensión, lo que hago ahora es respirar profunda, serena y conscientemente. El resultado es completamente diferente. Recuerdo a mi monitora de yoga repetirme: "Vive en el presente, no te adelantes". Antes de practicar yoga Iyengar , había hecho Ashtanga vinyasa yoga, que era más dinámico y me obligaba a pensar en la siguiente postura, además, acostumbrado a jugar al tenis, mi mente estaba acostumbrada a "anticipar". Descubrí lo maravilloso que es vivir y estar en el aquí y ahora. Simplemente respirar y deleitarse en este momento.

Asistir a clases con más gente me ha permitido (entre otras cosas) progresar más. Ver a otras personas hacer cosas que yo consideraba imposibles de hacer con mi cuerpo, me motivaba. Yo jamás hice el pino (Adho Mukha Vṛkṣāsana) cuando era pequeño en la playa, por ejemplo, y ahora, hacer āsanas invertidas es una de las mayores satisfacciones que he podido experimentar y no dejo de sentir los beneficios de las mismas en cada sesión. ¿Quién me iba a decir que yo sería capaz de hacer lo que hago con 57 años que tengo? Asistir a clase con monitores preparados que te enseñan progresiva y adecuadamente la manera de realizar un āsana no tiene precio. ¡Gracias a todos los yoguis que me habéis enseñado! Tenemos que practicar y experimentar, pero tener a alguien que te corrija y sugiera cambios puntuales en el āsana, te ayuda a darte cuenta de muchas cosas que pasan desapercibidas para ti. La evolución es más rápida.

 

Asimismo me gustaría agradecer a aquellos compañeros y compañeras que me ayudaron a mejorar cuando empecé a practicar en la naturaleza (parques, playas, etc.). Practicar con gente de similar nivel al tuyo te permite progresar. Entre todos nos corregíamos lo que veíamos que estaba incorrecto y nos motivábamos a enriquecernos con la práctica.

Podría seguir extendiéndome y compartiendo mis experiencias, pero no quiero aburrir. No querría concluir sin mencionar algo que creo firmemente: La flexibilidad es el secreto de la juventud. El yoga te da flexibilidad. Pues venga, sal, píllate una esterilla de yoga y ponte a practicarlo.

 

 

Carolina Escobar

Muchas veces pasamos por etapas difíciles y sólo quedan dos opciones: hundirse o salir a flote. En uno de esos momentos, yo decidí salvarme y el yoga me ayudó. Como si de un puzle se tratara, me propuse armarme poco a poco con tiento y mucho mimo, y  retomé el yoga de una manera más profunda y consciente.

 

El recogimiento que experimentaba durante la práctica me permitía mirar hacia dentro desde fuera, es decir, desde el cuerpo y su movimiento, observando cada vez más, con el tiempo y la experiencia, tanto las sensaciones externas como las internas. Comencé a educar mi cuerpo y mejoró mi postura corporal. Fui ganando fuerza, resistencia y flexibilidad, y todo ello, unido a una atención más plena de la respiración, contribuyó, por ejemplo, a mejorar mi rendimiento deportivo en el atletismo.

 

 

Para ello, me propuse educar mi mente –siempre ardua y constante tarea-  prestando atención plena a cómo se comportaba mi cuerpo en cada āsana, llevando conciencia a todas y a cada una de las partes e intentando no perder de vista la respiración, parte importantísima. Desarrollé mucho la capacidad de concentración y gané calma cuando entendí que el yoga sólo me ayudaría si durante su práctica no me dedicaba a repasar la lista de la compra ni a recordar lo que había sucedido un rato antes mientras conducía. De mis comienzos especialmente recuerdo que estaba convencida de que jamás haría Śīrṣāsana, y no me importaba nada, al contrario, me sentía tranquila si NO la hacía, ni siquiera quería intentarla… Ahora sonrío al recordarlo.  Hoy soy capaz de realizar múltiples invertidas y me siento agradecida por la seguridad y la confianza que me brindan estas āsanas de inversión.

 

Han pasado siete años y cada vez me voy conociendo un poquito más. Ese es el premio. Al igual que acepto que cada día es diferente, la práctica también lo es. Me permito mis limitaciones, virtudes y avances en cada momento, y los respeto. Para mí el yoga no es hasta dónde puedo llegar en posturas que parecen imposibles, es lo que aprendo durante el camino. Mientras practico, necesito centrarme en mí. A través de la práctica puedo contemplarme, permitirme, respetar en cada momento cómo me siento (fuerte, débil, nerviosa, asustada, intranquila, serena…) y, simplemente, observo y acepto cada sensación, y está bien. No se trata de competir con nadie, ni siquiera conmigo misma. Entiendo el yoga como un trabajo de crecimiento personal a través del cuerpo, del movimiento y su comportamiento. No lo concibo como un deporte y mucho menos como una moda.

 

En yoga he vivido momentos en los que he creído que no podía, y fui capaz; he retorcido mi cuerpo, he sudado a mares, he llorado en Śavāsana y durante los ejercicios de prāṇāyāma, y he conocido a personas que me han ayudado a entender el sentido de una āsana, a sentir y abrir el pecho por dentro con Setu Bandha sarvāṅgāsana. Podría seguir contando tanto… como que he conocido y superado límites no sólo en la práctica, sino en la vida misma. Valoro más cada momento, disfruto cada día más de mi trabajo como profesora en un instituto y no sé, pero tal vez se deba a que el yoga me ha ayudado a proyectar una mirada más amorosa y comprensiva hacia los demás, y, sobre todo, hacia mí misma.

 

 

 

Pilar González

Mi nombre es Pilar González, tengo 56 años, soy profesora de Enseñanza Secundaria y practico Yoga Iyengar® con Laura Cao desde hace aproximadamente 10 años.

Mi comienzo en esta práctica se debe, por un lado, a mi curiosidad por probar este tipo de ejercicios después de haber leído sobre los múltiples beneficios del yoga. Por otro lado, porque, en el momento oportuno, mi amigo Antonio Sánchez (compañero de trabajo y practicante de yoga), me recomendó probar las clases de Iyengar impartidas por Laura. Desde entonces y hasta la fecha, he sido una ferviente practicante que ha comprobado por experiencia propia, los múltiples beneficios sobre los que había leído.

¿Cuáles han sido esos beneficios?

Desde el punto de vista físico, mi salud ha mejorado notablemente, han desaparecido los puñales que se me clavaban en la espalda tras horas de corrección, ha mejorado mi postura, incluso cuando conduzco. Me siento más flexible, más fuerte, más relajada…

En relación al aspecto mental, tengo la sensación de que en cada clase de yoga le doy una buena ducha a mi mente. Para mí, el yoga es higiene mental, un buen baño de atención, concentración, autocontrol y disciplina que me deja como nueva. Poco a poco, me he dado cuenta de que esa disciplina ha empezado a formar parte de mi día a día y puedo constatar sus beneficios en todos los ámbitos de mi vida.

El yoga no descuida tampoco el lado emocional. Muchas veces, una clase de yoga me ha sanado el corazón después de un día de trabajo agotador, después de un día terrible en el que hubiera deseado no haberme levantado, después de uno de esos días tristes en los que parece que todo se confabula para salir mal…

Mi experiencia con el yoga también me ha enseñado a atender, valorar y cuidar a mi “ser”, mi “esencia”, mi “alma, mi “energía”… no sé cómo llamarlo, pero sé que algo muy valioso se activa con la práctica.

Si bien es verdad que la vida nos pone diariamente a prueba, y que hay algunas muy duras, yo he podido comprobar como mi respuesta a los retos del día a día ha mejorado muchísimo, física, mental, emocional y espiritualmente hablando.